Homenaje a Ángel González

Viejo tapiz

Todo el mundo era pobre en aquel tiempo,

todos entretejían

sin saberlo

-a veces sonreían-

los hilos de la tristeza

que formaban la trama de la vida

(inconsistente tela, pero

qué estambre terco, la esperanza).

Unas hebras

de amor doraban

un extremo de aquel tapiz sombrío

en el que yo era un niño que corría

no sé de qué o hacia dónde,

tal vez hacia el espacio luminoso

que urdían incansables

las obstinadas manos amorosas.

Nunca llegué a esa luz.

Cuando iba a alcanzarla,

el tiempo, más veloz,

ya la había apagado con su pátina.

De Otoños y otras luces.

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